jueves, 25 de septiembre de 2014

La convicción

Desde el escalón de abajo las cosas se ven radicalmente distintas. Serán los clichés que hay por aquí tirados, que no paran de definirlo todo. Lo cierto es que después de eso no hay mucho que contar porque los años grises, y no los eternos, se llevaron casi todo el color.

La cosa es que yo no hubiera dudado ni un momento en volver a sumar. Por eso de creer que merecer la pena es algo más que una frase hecha. Es como que siempre da igual. Como que la herida la causa el escalón y la aumenta la convicción. Es insoportable. Es insoportable encargarse de las emociones y saber, por todos los días y meses y años grises, el resultado final. Es insoportable un segundo más así.

lunes, 11 de agosto de 2014

Diferido

No me había dado cuenta de la maldad que parece correr dentro de mí. No me había dado cuenta, la había asumido directamente. Exactamente igual que el egoísmo y todos esos pensamientos innatos. Es mi guerra contra Platón la que, precisamente, me aleja tanto de él. Pero son mis pésimas propiedades mecánicas las que me han hecho débil frente a la corrosión bajo tensiones e incapaz de vencer en batalla. Luego viene cuando se tambalean los cimientos y los juicios al estilo americano y la repugnante retroalimentación y cuando puedo probar que los corazones rotos no fueron los que hicieron todo el hielo, aunque ya no recuerdo si las cosas ocurrieron en ese orden.

Lo cierto es que aunque filosofía e historia parecen enfrentadas, esta no es una de esas ocasiones. Las aguas mansas me están ahogando, y a la vez pretenden rescatarme. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo es posible? Lo es, porque es una trampa, y cuando escape, todo lo que dijeron, todo lo que crearon, se convertirá en verdad. Es horrible, porque siempre hay un acto más, un favor más. No sé si algún día lo entenderán, pero ya da igual. Hay que parar esto, hay que estallar por los aires.



sábado, 24 de mayo de 2014

Los días eternos

Los días eternos son peores que los días grises. Por el agua y las inundaciones. Por no poder abrir la boca para no ahogarme. Y por tener que escribir las mil palabras de rigor que compensen el hecho. Y luego otras mil más, porque la balanza se ha vuelto a inclinar. 

No pasa nada, lo cierto es que podría escribir todas las palabras que existen. Por eso esperaré un poco más. A que algún día sea diferente y al levantarme el robot haya desaparecido. Y con él la báscula que sólo sabe de pesares pero no de sentimientos. Y entonces, ya verás, se irán los ojos mojados de sábado porque ya no tendré nada que vaciar. 

Pero puede que ese día no vaya a llegar nunca. Lo sabía, no lo va a entender. Los días eternos sólo se pueden vencer si te enfrentas directamente a ellos, como hizo Atreyu con la mirada de las esfinges. De cualquier otra forma, no se acaban. Las palabras, en cambio, comienzan a escasear.

domingo, 16 de febrero de 2014

A ti no te pasará

Frente a mí, se caía a pedazos. Yo sabía que era igual que aquel capítulo y, como en la serie, también se preguntaba cómo era posible despertarse cada mañana sabiendo que debía haberlo hecho mejor. Pero estaba equivocada, no podía.

En mi propio cuarto estaba ese estúpido sofá burdeos en el que casi no cabíamos dos y era como una metáfora de toda la conjugación española y de la batalla que me acabó derrocando. También estaba ese teléfono sonando, sin parar, y ella me miraba como esperando a que asumiera que estaba volviendo a ocurrir, que el pegamento ya no funcionaba. Claro que estaban todas esas cosas, si no, hubiera sido como dejar por la mitad alguna de esas historias que sólo me importan a mí.

Todo lo demás da exactamente igual. Las buenas intenciones, las malas, las causalidades y las casualidades. ¡Dan igual! ¿Han logrado cerrar las heridas? ¿O al menos convertirlas en cicatrices?

¿Han logrado explicar por qué somos lo que somos? ¿Por qué nos pasó todo esto?

sábado, 7 de diciembre de 2013

Los días grises

Mis palabras, aunque sinceras, carecían completamente de emoción. No sé si era una forma de demostrar que los sentimientos no se pueden reciclar o que las cosas que habían pasado también habían pesado. Lo cierto es que si hubiera hecho caso a todo lo que había leído, habría llegado a los 24 mintiéndome un poco más y sin haber averiguado finalmente si los recuerdos son algo que tenemos o son algo que hemos perdido para siempre.

De pie, seguía esperando. Pensando en todo el amor que había malgastado porque alguien había decidido que no lo merecía. Acumulando todo el efecto invernadero en mi cuerpo, como si ya nada pudiera revertir mi proceso de enfriamiento global. 

Hasta que sonó el teléfono. A las 00.15. Fue ese el momento en el que pare. Pare de proteger mi corazón. Pare de convertirme en piedra. 

El gris llegó a raudales. El gris me a  t  r  a  v  e  s  ó. 

Me devolvió desde el universo del cero absoluto al otro lado del espejo. Para ver las veces que había faltado, las veces que había estado lejos. Para sentir de golpe todas las veces que debí haber fallado. Porque yo siempre estoy muy ocupado, yo nunca tengo tiempo, yo ya nunca estoy en Málaga. Porque yo no sé decir familia. El que había malgastado el amor era yo. 

¿Y este es el precio por salvarme? ¿Esta era la única forma de derribar el muro y volver a sentir? ¿Recibir esa llamada la madrugada de un domingo cualquiera? Dejaría que todos los pseudoamores me rompieran una y otra vez el corazón hasta convertirme en el hombre de piedra si eso significara tenerla de vuelta. Odio aprender estas lecciones. Y odio aprenderlas tarde. Ahora no sé qué hacer. Ya no soy tan frío, ni tan firme.

No sé qué esperar cuando ya no hay nada que pueda esperarse.

martes, 8 de octubre de 2013

Aguantar

La séptima temporada cuenta con nuevas caras, aunque arrastra los argumentos de siempre. Los espectadores conocen bien las estrategias de las grandes cadenas y nuestra audiencia marca mínimos históricos semana tras semana. Yo lo que quiero es huir de este sitio, romper el contrato y comenzar otra cosa radicalmente distinta. Yo lo que quiero es nunca haber venido aquí y no estar pagando el resto de mi vida que no sabía quién quería ser cuando me pusieron por delante papel y boli para firmar.

Que sí, que es verdad. Que he sido la persona más feliz del mundo en tantos y tantos rodajes de la serie por la que aposté, porque a mi lado tuve a los mejores compañeros de reparto que jamás pude escoger. Pero ya no quiero más. Desde hace mucho tiempo yo ya no soy feliz aquí y cada día que vuelvo de plató a casa siento que he perdido un poco más de mí y que ha ganado sitio la tristeza.

No quiero más guiones forzados, ni tener que recurrir a actores secundarios para darle un poco de trama amorosa a la serie. Ni me apetece el giro oscuro que trae la nueva temporada en la que todos se guardan un as bajo la manga para ganar una partida que yo no estoy jugando. Y creo que tampoco podría soportar otra vez que alguno de los actores principales de la serie abandonara para siempre el set por "el bien" de su carrera hacia el estrellato.

Ya está. No hay más. Hay que cancelar la serie. ¿Pero cómo? ¿Cómo puedo dejar una serie que fue tan importante sin un final digno para los espectadores que todavía nos siguen? Pero, ¿qué pasa si no me importa? Si realmente no quiero nada de esto, ni me preocupa lo que digan los demás porque los demás no han protagonizado estos 7 años. ¿Qué se supone que debo hacer si, después de todo, no ha merecido la pena? ¿Aguantar?

domingo, 14 de julio de 2013

Estaciones

Solté las últimas hojas que tenía entre las manos. Las dejé caer. Tengo la sensación de que yo traje el otoño. De que yo arranqué las hojas del calendario. Y también las arranqué de él. Y también las arranqué de mí. Pero el verano no estaba. Puedo prometerlo, el verano no estaba.